Las leyes son las leyes, pero a veces dan ganas de pisarlas. Ese es el sabor que me deja la reciente votación presidencial ecuatoriana, la que probablemente mandará a la horca al candidato más votado en primera ronda, a través de una huraña segunda vuelta.

Resulta que en esa nación calurosa de Centroamérica, famosa por sus bananos, biodiversidad y por lucir a uno de los presidentes más carismáticos que recuerde la tradición política moderna, para constituirse como presidente es indispensable contar con el 50 % de los votos o, como mínimo, el 40 % y a la vez una diferencia de al menos diez puntos porcentuales respecto al segundo candidato más elegido.

Así el pastel, Lenín Moreno, la mano derecha del hombre que volvió a colocar a Ecuador en puestos decentes de los índices de desarrollo económico y humano elaborados por organizaciones internacionales, Rafael Correa, tendría un puesto tambaleante acomodado para él en la segunda intendencia de elecciones.

¿Por qué? Preguntémosle a Juan Pablo Pozo, presidente del Consejo Nacional Electoral (CNE). Ayer el importante funcionario de la democracia ecuatoriana confiaba que “no es posible” un cambio de tendencia en el escrutinio de votos de las elecciones. Sin embargo, indicó que el órgano electoral ofrecerá datos oficiales sólo y sólo al terminar el recuento TOTAL de votos.

Sucede que la tendencia, inamovible en opinión de Pablo Pozo, indica que con el escrutinio del 94,6%, Lenín Moreno es dueño de un 39,20% de los sufragios, mientras el opositor Guillermo Lasso del 28,37%. Ciertamente, Pablo Pazo tiene sus barajas. Con un conteo del 51,8 % de los votos el domingo, al cierre de las votaciones, Moreno hacía las veces con un 38, 26 %. Hoy, con un 90,6 % de escrutinio, se regocijaba en un 39,08%. Concluyendo, la tendencia se mantiene porque, más obvio que el sol de Ecuador, Lenín ganará primera vuelta, pero similar obviedad la constituye el hecho que es en extremo espinoso que alcance un 40 % de simpatizantes.

De esta frustrante manera, el exvicepresidente de Correa vería obligado a repetir un protagónico en la segunda rotación de elecciones presidenciales del Ecuador. Lo que sucede, o sucederá, o probablemente suceda dada la historia reciente de segundas vueltas en el continente (Argentina), es que ocurra una frustrante segunda vuelta de elecciones.

Expliquemos, porque bien alguien podría preguntarse, ¿Qué tiene de enredo que alguien contienda con otro alguien en una elección? ¿No es lo que siempre sucede en elecciones presidenciales? El asunto es que el asunto es más complicado que eso.

Veamos, en términos de elecciones ocurre lo que se hace llamar el voto deprimido. Usted va hacia la urna, y quizás cuando seleccione no esté totalmente identificado con el preferido. De hecho, probablemente no haga muchas migas con el que eligió, pero más importante que eso será su prioridad de NO votar a uno de los dos contendientes.

Puede ser por tendencia política, por miedo a ideologías emergentes, por miedo sencillamente a ideologías establecidas, porque es adicto al status quo y no quiere que la carne de un “socialista” golpee la silla presidencia, o porque naturalmente todo el trabajo de inyección mediática de periódicos y televisoras privadas (la mayoría de un país)le convenció que determinado candidato, “oficialista”, no es lo suficientemente bueno para el cargo. Y que si lo es un banquero, o un neoliberal, o un fetichista del poder y autónomo repetidor de consignas liberales, léase entre líneas Guillermo Lasso.

Mimetizado eso al Ecuador, tomemos el panorama de su primera vuelta. Un candidato de tendencia izquierdista contra otros de tendencia opuesta, excepto Paco Moncayo que, generalizando su propuesta de gobierno, pertenece a la bancada de izquierda (Izquierda Democrática).

Casi un 40 % de votos para el primero, un 60 % de papeletas para los segundos. Transportado eso a una segunda vuelta, y con la asistencia del contradictorio, a veces lógico pero igual de frustrante voto deprimido, tendríamos una elección en la que Lenín Moreno sumaría sus votos y los de Moncayo, insuficientes para acceder a una prórroga de la Revolución Ciudadana.

En primera instancia, es cierto que es un análisis un tanto vulgar, generalista y pesimista. Pero, tristemente es el análisis que conlleva imponer cuando no basta la primera vuelta protagonizada por dos grupos de tendencia tan opuesta, y cuando fortuitamente uno de esos grupos es integrado prácticamente por un solo candidato.

De cualquier manera, y vale insistir, es solo una cuenta fría y somera. Aguardemos, y más aún cuando se trata de elecciones presidenciales, en las que más de una vez las consultoras más prestigiosas han patinado en la más crasa de las vergüenzas, último estreno al norte del río Bravo.

De cualquier manera, la Revolución Ciudadana tambalea gracias a los armatostes de la democracia occidental.

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