En la relación de los momentos más románticos posteriores a la epopeya guerrillera de Fidel Castro y los barbudos de 1959, la Campaña de Alfabetización ciertamente posee una plaza confirmada. El inicio del proceso guardó para nosotros y las generaciones venideras una serie de hechos que se pueden considerar mitos dentro de la historia de la Revolución Cubana.

La gesta educativa tiene matices difíciles de igualar. Una sección ínfima de pueblo culto, un acápite no mucho más que breve de masas educadas, contrastando con la gran mayoría sumida en la oscuridad del analfabetismo, que es lo mismo que decir un pueblo incapaz de pensar y actuar.

Dentro de un proyecto de país inclusivo y evocado desde las aspiraciones de las grandes mayorías, esa era una situación que no auguraba una existencia muy larga. Precisamente, a poco más de un año del triunfo guerrillero, iniciaba la transformación educativa cubana.

Sin embargo, la envidia y odio, en algunos casos puntuales, vencieron la bondad y el amor. Así fue a sólo días de iniciada la Campaña de Alfabetización, cuando el 5 de enero de 1961 desfallecía asesinado por bandas de bandidos comandados por Osvaldo Ramírez, el jovencísimo educador Conrado Benítez, matancero devenido trinitario de las montañas del Escambray y convocado a alumbrar la conciencia de los campesinos de la zona.

Una bondad mutilada

Cuentan las crónicas y conocidos que Benítez solía ser un joven tímido, un moreno con ansías de abrirse camino en la vida. No podía ser de otra manera, cuando desde segundo grado ya trabajaba en todo tipo de negocio para ayudar al sustento de la familia.

De esta forma, combinaba el trabajo a luz de sol con el estudio nocturno. Así, se hizo maestro, tomándole con 18 años el triunfo revolucionario y convocado como maestro voluntario, nueva meta que asumió comprometido con el nuevo capítulo del proceso cubano.

Las montañas de Trinidad, en el macizo del Escambray, serían la oportunidad para que Conrado ejerciera como uno de los primeros alfabetizadores en Cuba, campaña nacional que había comenzado formalmente en los últimos días de 1960.

Algunas jornadas después, sobrevendría la vil y triste acción. La zona solía ser terreno de las actividades terroristas de bandidos como Osvaldo Ramírez y Julio Emilio Carretero, alzados irregulares capaces de los más avergonzantes hechos.

Y, tristemente, uno de ellos envolvió al adolescente Conrado Benítez, cuando a su paso por la aldea de las Tinajitas, en las montañas de Pitajones, por el exclusivo hecho de ser un maestro enviado por el gobierno cubano para levantar de la miseria intelectual a los campesinos de la zona, resultó secuestrado en cobarde acción dirigida por Ramírez.

Desde ese instante al final de la vida de Conrado transitaron los más penosos eventos. Torturado, víctima de odio irracional, blanco de aberrantes histerias asesinas que de cualquier manera nada tenían que ver con el papel que desempeñaba el esmerado alfabetizador, Benítez terminó ahorcado por los bandidos, con ya un cuerpo que mostraba signos de ensañamiento e impiedad.

Días más tarde, Conrado Benítez fue todo un pueblo. Fidel anunciaba la creación de las brigadas Conrado Benítez para alfabetizar toda Cuba, mientras que, al declarar a Cuba meses después territorio libre de analfabetismo, postergaba el mito del joven educador:

¡Qué vergüenza para el imperialismo comprobar que el crimen fue inútil, comprobar que el asesinato de un maestro humilde de nuestro pueblo, Conrado Benítez, se convirtió en cien mil brigadistas Conrado Benítez!

Un año y poco más después, moría, como silueta de una inacabada justicia, el perpetrador Osvaldo Ramírez García.

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