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Durante el pasado año en Sancti Spíritus se registraron 351 accidentes, 386 lesionados y 30 fallecidos. (Foto: Vicente Brito/ Escambray)

Cuando el año 2018 acababa de concluir, cierta fuente informativa vinculada al tema de la accidentalidad en la vía me abordó en la calle, con cara de cumpleaños, para darme la buena nueva: el período había cerrado con una mejoría en los tres indicadores, es decir, números menos altos de accidentes, lesionados y fallecidos. “No es que bajáramos mucho, pero bajamos”, aclaró.

En aquel instante no se tenían los datos exactos. Tampoco recordaba yo, al pie de la letra, el último párrafo de mi comentario anterior sobre el tema, publicado en la edición del 24 de marzo de ese año, que ahora estimo oportuno transcribir.

“El 2017 no podrá ser, por catastrófico —decía el escrito—, referente para medir el comportamiento de la accidentalidad en lo adelante. De lo contrario, se estaría dando luz verde exactamente a lo que debería estar detenido, como los vehículos cuando la luz roja alumbra o cuando impera la señal de Pare”.

Dicho material se había concebido poco después del Balance Anual de la Comisión Provincial de Seguridad Vial, en el que, atendiendo a la gravedad de la situación, estuvo presente el jefe de la Dirección Nacional de Tránsito y el análisis tuvo un carácter particularmente fuerte.

Había trascendido en la cita que durante el 2017 acaecieron 119 accidentes más que en el 2016, que se elevó en 37 el número de lesionados y que hubo tres fallecidos por encima, también en comparación con el período precedente. Y ese período anterior, a su vez, había sido de resultados más alarmantes que los registrados en el 2015. Es decir, crecíamos, de manera negativa, en espiral.

Por ello, al tener delante el resumen del 2018 y ver que se le comparaba con el año anterior (junto a cada número, un paréntesis con las cifras de menos para resaltar la diferencia), concluí que se corría el riesgo de caer —si es que no se cayó ya— en la trampa de la que habíamos advertido en estas mismas páginas.

Es cierto: el año que se fue, en el que se mantuvo la vigilancia y se arreciaron los esfuerzos durante momentos tradicionalmente problemáticos, como el verano y los días festivos de fin de año, se registraron 351 accidentes (-126), 386 lesionados (-3) y 30 fallecidos (-2). Pero, ¿qué significa eso cuando se sabe que la etapa de referencia fue excepcionalmente aciaga? Si miramos los números del 2015, todavía aquel continúa siendo de bastante mejor comportamiento.

Como municipios de mayor incidencia aparecen Sancti Spíritus, Trinidad, Cabaiguán y Jatibonico, que de conjunto aportaron la inmensa mayoría de los eventos y personas que perdieron la vida. La zona rural y las áreas despobladas continúan siendo el escenario predominante de los hechos, en tanto los días más conflictivos resultaron los miércoles, jueves, sábados y domingos; y los horarios, los comprendidos entre las 3:00 p.m. y las 9:00 p.m.

De acuerdo con los elementos recogidos en la información resumen, todas las vías donde tuvieron lugar los accidentes estaban debidamente señalizadas y allí donde se produjeron los de carácter masivo (seis, con un saldo de ocho personas muertas), se encontraban, además, en buen estado.

El sector estatal aporta la casi totalidad de los siniestros, más de la mitad de los fallecidos y la mayoría amplia de lesionados. De ahí que los análisis deban arrancar, sobre todo, por aquellas entidades involucradas con mayor regularidad en las transgresiones que, según registros de las autoridades de Tránsito, corresponden a las ramas del Transporte, la Agricultura, el Turismo y el Poder Popular.

A la hora de especificar el carácter de las violaciones emergen, con las mayores incidencias, la no debida atención a la hora de conducir, el adelantamiento indebido, los animales sueltos y el no respeto al derecho de vía, causas que de manera conjunta conllevaron al deceso de 25 personas.

El que esta vez no figuremos en la lista negra de territorios que crecieron en los tres parámetros obedece, como ya dije, a que el año precedente fue catastrófico. Entonces, recordemos que una vida que se pierda es ya una derrota, y que los lesionados y daños materiales se traducen en dolor y pérdidas económicas.

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