Los contrastes entre los accesos festivos de la alegría y la irrupción violenta de la muerte traída por la furia accidental, constituyen en la prosa martiana reiteraciones de una alta productividad literaria. Responden a la pulsión de una estilística que embellece y asume de los hechos terribles, la peripecia de lo bello. Constituyen recursos que en las oposiciones le otorgan rangos de énfasis al suceso y la fiesta luminosa disminuye aceleradamente ante la fortaleza trepidante del fuego.

“ La vida y la muerte se despiertan a la par cada mañana; al alba, la una afila su hoz y la otra coge su ramillete de jazmines, mordidos algunas veces de gusanos. Un baile, es incendio de alma. Un edificio que hace costado a la alta casa de correos, rugía ese día incendiado. Ha sido un espectáculo terrible, cuya presencia no alcanzó a turbar el regocijo de los enamorados de la danza. En esa noche fría, cruzaban almas, ya libres de sus cuerpos, el espacio húmedo y oscuro, y arrebujábanse ateridas, salpicadas, en su camino de copos silenciosos, de volante nieve. Y los alegres danzadores deslizaban sobre la alfombra suntuosa el ancho pie, calzado de zapato femenil y medias negras.”

Resultan frecuentes las aproximaciones a las ceremonias de sentido religioso advertidas en varias de sus crónicas desde los Estados Unidos, así como las referidas a las de similar intercambio en su libro Guatemala, donde describe con admiración aquellas que identifican las actitudes de los sujetos en espacios semejantes, y desde culturas diferentes, con los ascendentes religiosos y las decisiones paganas.

Y la ermita desierta! Bajo la cúpula redonda, más hecha para tumba de muerto que para morada de vivo, llora solo el espectro del hermano Pedro. Alrededor de aquella extraña peña, ofrecida sumisamente a Dios, los niños triscan como cervatillos, la vida ríe gozosa, las gentes se apodan con nombres saladísimos, la doncella de adentro hace ojos al petimetre de la casa; desdéñala éste por la atildada señorita que estrena su sombrero de primavera; y, sobre todo, este abandono natural, entre las conversaciones que chispean, entre las miradas que se cruzan, entre el ruido de los carruajes tirados lujosamente por los inquietos corceles del país, los labios sonríen, y con ellos el alma; se está tranquilo, se siente placer dulce; hay amor, hay cultura, hay aseo de espíritu, hay familia. Esta es la faz seductora de la vida guatemalteca.

También ese libro, José Martí elige uno de esos pasajes guatemaltecos, en que la festividad asoma las costumbres que caracterizan la extensión en el tiempo de voluntades irredentas, a pesar de la violencia de la conquista, o sintetizadas por el efecto de la asunción mutua de componentes culturales. Estas reflexiones implican la relación con patrones de elevado componente de identidad, que permiten en el tiempo el reconocimiento de lo arraigado por su fortaleza generacional.

Es una mezcla de intercambios festivos públicos y privados, de lo íntimo a lo extrínseco, donde las voluntades de la memoria exhiben una relación preferencial de clase de innegable hermosura y de indiscutibles exclusión popular.

Sobre sufrida estera de petate, apuestos galanes y ricas damas comen el pipián suculento; el ecléctico fiambre; el picadísimo cirojin. Pican allí los chiles mexicanos, y la humilde cerveza se codea con excelentes vinos graves. Hace de postres un rosario, cuyas cuentas de pintada paja encubren delicada rapudura. Y como se está en agosto, y en Jocotenango, iquién no gusta losjugosos jocotillos, rivales de la fresca tuna?

Lucen las señoras, estos días, sus más hermosos trajes; luce el padre a la hija, el esposo a la esposa. Adorna el jinete su tordillo fiero y le cuelga al cuello el rosario de la fiesta. Cuál ostenta su alazán, cuál su retinto. Desdéñase el galápago europeo y apláudese la silla mexicana. Hoy se estrenan carruajes, corceles, vestidos y sombreros (sic) ! Cuánta memoria de la feria de San Antón, aquella que en Madrid hace famosa a la vetusta calle de Hortaleza!

Ante estas descripciones otras observaciones de Martí se acercan variantes culturales de la festividad, íntimamente vinculadas a los redaños de identidad en los cuales bulle el alma del sujeto popular.

“…oigamos en la iglesia de Zacapa el tamboril y la chirimía, con que llaman al culto y hacen fiestas; comamos de su queso; gocemos de los chistes de su gente; anotemos en nuestra cartera de viaje la vivacidad de sus mujeres; lamentemos sus grandes tiendas, repletas antes, hoy desiertas; saludemos su iglesia y su plaza y preguntemos a este buen arriero qué le ha parecido la próspera Cobán.”

Asume la vibración de esta ciudad y sus inmediaciones campesinas, de las urbes norteamericanas, donde el bullicio representa una cualidad diferente de las advertidas en otras conocidas y más asentadas en el sistema de relaciones públicas, o resultado de relaciones de producción menos explosivas desde la realización sonora.

La esencialidad de los ambientes urbanos su marcada división de élite vs. la cultura popular como las ferias, en las que los niveles de participación de los más amplios sectores de la sociedad, tanto en Los Estados Unidos como en otras regiones advertidas por la pupila de José Martí, declaran ámbitos diferentes de las ideas, de los aristocráticos salones de festejos y bailes, que facilitan encontrar una fórmula de aproximación a grupos y a actitudes con posiciones discriminantes, a la expresión callejera de la fiesta popular, las procesiones de índole religiosa representativas de la síntesis cultural en sus variados intercambios, las bodas, con referente muy peculiar, permanentemente determinadas por las marcas de identidad y regidas por idiosincrasias múltiples, los conciertos, las actividades teatrales animadoras de las noches, los encuentros deportivos entre los que se distinguen las regatas, el boxeo, el basse ball, estos dos últimos criticados por las manipulaciones mercantiles, las rituales en las expresiones culturales del indio norteamericano y la manipulación de Búfalo Bill sobre el acto brutal de la violencia hacia el Oeste; las limitadas corridas de toros en los Estados Unidos y algunos países europeos, enfrentadas al acto sangriento de las corridas españolas, los cantos y bailes paganos de los negros y los chinos, pero comprometidos de forma originaria con el ascendente religioso, las danzas y otras expresiones de comunicación festiva en La Edad de oro, que significan de los espacios de representaciones, la danza del palo, los festivales ígnicos europeos y asiáticos, la música y la música asiática, el componente privado desde los proyectos narrativos de Bebé y el Sr. Don Pomposo y Nené traviesa, las ferias de Tulán, los sacrificios, el humanismo defensor, también tiene acento en las corridas de toro en España y Europa, expresan desde Martí, una capacidad no sólo de observación e información, sino valoraciones críticas directas o subtextuales.

La mencionada referencia a los componentes interculturales distinguidos en la fiesta, los franceses: Baile de la amistad, los Chinos: Bodas y funerales: boda de Ynet Sing y funerales de Li In Du; Irlandeses: Fiestas de San Patricio, las del Día de acción de gracias; las pascuas y la filosofía del consumo como contraste; las expresiones de carácter religioso de los negros, transculturada luego de tantos años y apegada tradicionalmente otras, las escenas, los vestidos y las comidas.

Esta visualización se extiende a las fiestas conmemorativas, como el Centenario de la victoria de Yorktown, la recordación de agosto de 1889 a los peregrinos, las Fiestas del Pan Ko Won, las fiestas de Acción de gracias, Los festejos por el 4 de julio y por la Estatua de la libertad, y el centenario de la Revolución francesa.

En todas, los espacios reciben una marca de profundos cambios, en los que la práctica de los sujetos reproducen los actos, o sostienen desde la memoria, las movilizaciones del espíritu.

En estas celebraciones, algunas diferencias se disuelven transitoria y relativamente, abriendo el curso a una intercomunicación de componentes culturales, que aproximan zonas de interés social en la concurrencia de los actos fijado por el tiempo.

En estas y múltiples formas de acercamiento de José Martí a los diferentes modelos expansivos del carácter de los sujetos, comprometidos en la fiesta bajo la exigencia de la memoria, se define el sentido de observación, de síntesis de las costumbres, en las cuales se advierte una notación de lo humanista, de reconocimiento a la memoria de los pueblos en el mundo y sus aportes desde los festivo, al patrimonio infinito de las naciones.

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