Manifestantes con carteles que rezan ‘las vidas de los negros importan’ durante una protesta frente la Hotel Trump en Washington, 3 de junio de 2020.
Joshua Roberts / Reuters

Las protestas sociales que se ha producido la última semana en decenas de ciudades de EE.UU., a raíz de la muerte de George Floyd en Minesota, no son un estallido más. No solo por la viralidad con que irrumpió, sino sobre todo por la complicada situación interna que hoy vive ese país.

Las 100.000 muertes por el coronavirus, así como la nula capacidad de respuesta para neutralizar una pandemia que venía desplazándose con conocimiento público mundial, es un indicio de debilidad que puede explicar parte de la contundencia de la protesta: el Estado está débil y las instituciones no controlan la situación del país. Esta explosión no se produce ante un país fortalecido, como en las anteriores revueltas de 1968, 1992 o 2014, sino en uno decaído, con casi dos millones de contagiados de Covid-19, fosas comunes y problemas sanitarios graves. Todo ello en las últimas semanas.

En una reunión telefónica publicada por varios medios, entre ellos CNN, Trump dijo a los gobernadores: “No entiendo que pasó en Minesota (…) En Minesota fueron el hazmerreír del mundo, se tomaron el departamento de Policía, la policía estaba corriendo por las calles (…) nunca he visto algo así (…) el mundo entero se estaba riendo. Lo que pasó en los Angeles, Filadelfia, Nueva York, fue un desastre. No entiendo lo que le pasó a los más finos en Nueva York (…) Si no les domináis, se van a hacer con vosotros, vais a parecer una panda de idiotas”.

Si Trump no entiende, el mundo tampoco. ¿Qué pudo haber pasado en la principal potencia mundial para que sus conflictos internos se profundicen de manera tan radical?

Donald Trump pasa frente a un edificio con grafities realizados por los manifestantes en Washington, 1 de junio de 2020.
Tom Brenner / Reuters

La mencionada conferencia telefónica es representativa de la situación actual. En ella, el presidente llama “débiles” e “imbéciles” a los gobernadores. Sin embargo, al final, está llamando débil también a las instituciones, a los gobiernos de las principales ciudades y a su propio país. Esta reunión resume la situación de Trump en una palabra: impotencia, porque la forma que demanda para apagar el fuego es con más gasolina y la estructura oficial luce fisurada para acatarle.

El pasado miércoles, 3 de abril, el propio secretario de Defensa, Mark Esper, rechazó la amenaza de Trump de usar la Ley de Insurrección, con la que pueden usarse fuerzas militares para enfrentar las protestas sociales. Un nuevo obstáculo a sus deseos de movilizar al Ejército para apaciguar los ánimos.

Aunque ya ha militarizado Minesota (el epicentro), la aplicación de la ley en el resto del país está en veremos.

Con la declaración del secretario de defensa, la grieta llega al propio gabinete presidencial. Pero no queda allí. Con el distanciamiento y dura crítica de James Mattis, el famoso ‘Perro Loco’, un líder militar y exsecretario de Defensa venerado por Trump, la grieta ya afecta las instancias militares. En un artículo de opinión publicado en The Atlantic, Mattis ha afirmado: “Militarizar nuestra respuesta, como vimos en Washington DC, crea un conflicto, un falso conflicto entre la sociedad militar y la civil (…) Erosiona la base moral que garantiza un vínculo de confianza entre hombres y mujeres en uniforme y la sociedad a la que han jurado proteger, y de la cual ellos mismos son parte”.

Mientras avanza la diatriba política, el país se va desgastando. En paralelo, medios y redes publican un video más apocalíptico que el anterior: centros policiales ardiendo sin bomberos que puedan apagar las llamas, toques de queda que los manifestantes no cumplen, medios y empresas digitales como Twitter condenando alocuciones presidenciales, gobernadores en abierta pelea con el presidente a pesar de la situación, fosas comunes por el virus, saqueos imparables y, lo último, un malestar en el área de defensa con su principal funcionario.

No hay comentarios