El recuerdo de un niño travieso, alegre, arriesgado y laborioso se mantiene en el vecindario rural de Los Hondones, en el Norte de la actual provincia de Sancti Spiritus. Allí nació hace 85 años, el siete de junio de 1935 Roberto Rodríguez Fernández, a quien la historia atrapó después y para siempre con el legendario nombre de El Vaquerito.
Un cercano lomerío, un río cristalino y una arboleda muy próxima eran parte del escenario campestre donde nació y vivió sus primeros años. Todavía hay huellas de la casa natal, en este lugar de la finca Los Mangos, cerca del poblado de Perea, en el municipio de Yaguajay.
Los recuerdos de aquella menuda e inquieta figura, de pelo rubio y ojos azules aun se conservan en la memoria de amistades y familiares que residen todavía en aquel paraje agrario, cargado de historia, A solo un kilómetro de allí, en línea recta, se produjo del alzamiento en armas por la independencia en 1869 del prócer espirituano Serafín Sánchez Valdivia.
Todos los que conocieron a Roberto en aquel lugar coinciden en que era inquieto y juguetón, solidario e inteligente y de buen aprovechamiento en la escuelita rural donde pudo estudiar hasta el tercer grado, por la precaria situación económica de la familia, encabezada por sus padres Ramón y María.
La pobreza familiar lo obligó a desempeñar obligaciones laborales desde le nueve años, cuando el padre lo envió a la finca de un campesino, donde realizaba diversas faenas, entre ellas el ordeño de vacas desde las tres de la madrugada.
Allí estuvo hasta que la familiar decidió por necesidad trasladarse para el cercano poblado de Morón, en la entonces provincia de Camaguey, en busca de mejores posibilidades económicas, en aquella sociedad de pobreza e injusticias.
En Morón, Roberto pudo trabajar de dependiente, primero en un far frente a los talleres ferroviarios, y luego en una tienda de víveres, lugares donde gozaba de simpatía, por ser atractivo y luchador, le gustaba practicar béisbol, el boxeo y el levantamiento de pesas.
Por el pelo abundante que tenía a ambos lados de la cabeza un amigo lo llamaba Motica, apodo por el que era conocido en Morón. Allí fue también vendedor de artículos de quincallería, junto con otros jóvenes, lo que realizó igualmente en la ciudad de Santiago de Cuba, capital de la entonces provincia de Oriente. En ese territorio también estuvo en Holguín y Bayamo. Eran tiempos muy difíciles.
Con la quincallería estuvo también en ciudades y poblados de la provincia de Camaguey, y en 1956 regresó a su natal Los Hondones para verde talco y perfumería, en compañía de sus hermanos.
Con el transcurso del tiempo Roberto traslada sus ventar a la ciudad oriental de Manzanillo, pero allí un sargento del Ejército de la tiranía de Fulgencio Batista, les quita a él y sus acompañantes todos los productos que llevaba, los encarcela y golpean.
Como no había cometido delito alguno tienen que liberarlos y en cuando Roberto invista a un compañero de labor a dirigirse hacia las cercanas montañas de la Sierra Maestra, para incorporar al Ejército Rebelde comandado por Fidel Castro.
Así lo hicieron y después de muchos avatares, abatidos por el hambre, la sed, la lluvia, el frío y el cansancio, sin desistir nunca de propósito a pesar del sacrificio, pudieron llegar a un campamento rebelde, a comienzos de 1958. Luego de varios intentos por medio de distintos intermediarios pudieron contactar con el propio Comandante en Jefe Fidel Castro, quien al conocer que no traían armas no los quería aceptar, como era habitual.´

La insistencia de Roberto y sus ocurrencias simpáticas al hablar le causaron gracia a Fidel y los admitió finalmente, después de larga conversación. Como había llegado hasta allí en malas condiciones, sin zapatos y con la ropa hecha girones, Celia Sánchez le consiguió unas botas de llamadas entonces mexicanas o de vaquero, lo que unido al sombrero criollo que usaba y su baja estatura propició que ella lo nombrara El Vaquerito.
Así nació el nombre de un combatiente que se convirtió en leyen da para el pueblo cubano. Las primeras misiones de El Vaquerito fueron como mensajero del Ejército Rebelde, después fue soldado que se destacó en acciones combativas y en tareas encomendadas por Fidel o el Comandante Ernesto Che Guevara, quien lo seleccionó para integrar la Columna Invasora Número Ocho Ciro Redondo, que partió de la Sierra Maestra el 31 de agosto de 1958.
La peligrosa y heroica hazaña de esa tropa hasta el centro de Cuba fue también demostración de la valentía, la audacia, la inteligencia y la férrea voluntad de Roberto Rodríguez Fernández, protagonista de diversa proezas en el enfrentamiento al bien armado enemigo batistiano.
Después de la llegada de la Columna Invasora a las montañas del Escambray, en el centro del país, el Comandante Ernesto Che Guevara, Jefe del Frente de Las Villas, nombró al Vaquerito Jefe del Pelotón Suicida de la aguerrida tropa. Así alcanzó los grados Capitán del Ejercito Rebelde y se reafirmó la leyenda de su temeridad y valentía.
Con su Pelotón Suicida, Roberto participó en toda la campaña liberadora de importantes y estratégicos poblados y ciudades de la entonces provincia de Las Villas en los meses finales de 1958, hasta la histórica batalla de Santa Clara, que marcó el derrumbre de la dictadura batistiana en el nacimiento de 1959.

Allí cayó heroicamente en combate aquel joven temerario y fogoso, cuando atacaba la Jefatura de Policía de la ciudad. Avanzando entre las viviendas del vecindario pudo acercarse unos 50 o 60 metros de la fortaleza enemiga, y desde una azotea disparaba de pie, de forma temeraria, hasta que una bala lo alcanzó mortalmente. Eran cerca de las cinco de la tarde del 30 de diciembre de 1958, un día antes de la victoria final.
La dolorosa noticia recorrió la ciudad de Santa Clara y estremeció a los combatientes y la población, y muy especialmente al Comandante Ernesto Che Guevara, quien al enterarse manifestó con dolor que le habían matado a cien combatientes.
Aquel corajudo y legendario Capitán del Ejército Rebelde de 23 años aglutinaba a un centenar de revolucionarios en la estirpe de un joven héroe espirituano llamado Roberto Rodríguez Fernández, El Vaquerito para la eternidad.

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