Fidel pronuncia discurso en la conmemoración del VII Aniversario del Asalto al Cuartel del Moncada,en Las Mercedes, Sierra Maestra. Foto: Fidel Soldado de las Ideas/Archivo.

Discurso pronunciado por el Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz en conmemoración del VII aniversario del 26 de julio, en las Mercedes, estribaciones de la Sierra Maestra, el 26 de julio de 1960

Distinguidas delegaciones de distintos países del mundo que nos visitan;

Compañeritos de la Ciudad Escolar “Camilo Cienfuegos”; Maestros Voluntarios de la Sierra Maestra;

Campesinos;

Trabajadores;

Jóvenes de las Brigadas Juveniles de Trabajo Revolucionario;

Compañeros del Ejército Rebelde que construyen las ciudades escolares, represas, hospitales y casas para los campesinos;

Compañeros de la Escuela de Soldados Revolucionarios de las Minas del Frío;

Responsables de Milicias;

Cadetes;

Cubanos todos:

Había sido nuestra mayor preocupación en los días pasados, el poder asistir a esta gran concentración. Motivos de salud nos habían mantenido en la incertidumbre. Era, después de todo… había sido ya bastante duro no poder asistir a la última concentración en la capital de la República, y habría sido más duro todavía —y lo fue en parte— no haber estado en la provincia de Oriente desde hace varios días. Nosotros habíamos cifrado algunas esperanzas en esta fecha.

Teníamos algunas obras que pensábamos terminar para este día. Por ejemplo, el nuevo reparto en la ciudad de Santiago de Cuba para las familias pobres que vivían allí en las peores condiciones, la ciudad de los Pescadores en Manzanillo, 12 pueblos más de varios centenares de casas cada uno en distintas cooperativas agrícolas; y la primera unidad de la Ciudad Escolar “Camilo Cienfuegos”. No porque hubiésemos hecho esas obras precisamente para conmemorar el 26 de Julio, pero tomamos esa fecha como motivo de emulación, para que todos redoblásemos el esfuerzo a fin de adelantar los trabajos.

Ciertamente, esas obras no se pudieron terminar.  Veinte días consecutivos de lluvias torrenciales hicieron imposible los toques finales que requerían esas obras; sin embargo, unas sí pudimos terminar este 26 de Julio, y en realidad, si hemos podido terminar esta no importa que las otras tarden todavía un mes o dos más.

Hemos podido terminar la primera unidad de la Ciudad Escolar “Camilo Cienfuegos”, hemos podido cumplir esa meta para esta fecha, y en realidad nada más emocionante ni más alentador para todos nosotros.

Esta fecha y este sitio son dos cosas que se juntan muy estrechamente en nuestro sentimiento y en nuestro recuerdo: 26 de Julio y Sierra Maestra; son dos nombres que han de pesar muy hondamente en el corazón de cada uno de nosotros, porque antes de que pudiéramos alcanzar estas cosas, antes de que estas hermosas realidades de hoy tuviesen vida, antes de estas grandes victorias de nuestro pueblo, era aquel tiempo en que apenas comenzábamos, era aquel tiempo de los sueños de los primeros combatientes revolucionarios de nuestra generación; antes que ciudades y pueblos, antes que cooperativas y escuelas, antes que ciudades escolares y títulos a campesinos, antes que los maestros, antes que estos soldados ejemplares de la nueva patria, que trabajan para el pueblo, antes de esta sensación de libertad y esta emoción presentes, no había más que ilusiones en nuestras mentes.

Y así empezó aquel esfuerzo hace apenas siete años. Aquel 26 de Julio de 1953 que fue la culminación del esfuerzo de un grupo de jóvenes llenos de ideales que se lanzaron hacia aquella lucha desigual y difícil. Y aquello no fue más que el inicio, el inicio de una lucha de siete años, porque así son los frutos que los hombres deben adquirir con su esfuerzo, los frutos que los pueblos han de conquistar con sacrificio y con trabajo, que muchas veces mientras más próximos parecen, más se alejan de nuestras posibilidades.

Y así, aquel 26 de Julio fue para nosotros un minuto, en que cuando parecía culminar una lucha, cuando parecía culminar un esfuerzo para iniciar la batalla por la liberación de nuestro pueblo, no era el fin, sino el comienzo.

Y aquel grupo de combatientes, los que no fueron asesinados, fuimos a parar a las prisiones con nuestros propósitos y nuestros sueños, para allí poder madurar tras largos meses de encierro, el ideal que llevábamos dentro, el propósito que nos animó a dar la primera batalla, a persistir en nuestro objetivo a pesar de la adversidad de aquel minuto, a persistir en nuestro propósito; porque hoy, en esta tarde, no podemos menos que recordar también aquellos días tristes, no podemos menos que recordar aquella tarde del 26 de Julio de 1953, en que no era como hoy, día de alegría y de triunfo, en que no era como hoy, día de optimismo y de alegría, en que no era como hoy, día en que un pueblo recoge los frutos que los caídos han ido sembrando a lo largo de años; no era como hoy, día de esa emoción profunda con que todos hemos escuchado a este niño, niño campesino dotado por la naturaleza de viva inteligencia, de extraordinaria capacidad de orador, que ha venido aquí a esta tribuna, a hablar en nombre de sus compañeros, como prueba de los tesoros humanos que en la patria se desperdiciaran antes y como prueba de que el fruto de la patria tiene que ser necesariamente grande, cuando de allí mismo, de aquel rincón de la provincia de Oriente, donde pusimos nosotros nuestros pasos al desembarcar, de allí mismo surge un niño que, con su lenguaje sencillo y su palabra cálida, es capaz de expresar aquí, ante una imponente multitud, lo que ya en su inteligencia y en su corazón joven es capaz de comprender y de hacérnoslo comprender.

Hoy, al pasar por delante de nuestra tribuna revolucionaria esos entusiastas hermanos de los distintos pueblos de la América, que vinieron a traernos el amor, la simpatía y el calor de sus tierras, como para darnos el ánimo, al recibir ese aliento que ellos saben que nosotros necesitamos en esta hora, vivíamos ciertamente, uno de esos minutos, que en un marco como este, un día como hoy, frente a esa Sierra donde se gestó la victoria, tenía que hacernos excepcionalmente felices.

Pero no fue así siempre y por contraste, venían también a nuestras mentes, los recuerdos de aquel primer 26, aquella tarde en que todo era amargura y dolor, en que sobre nuestro ánimo pesaba el dolor de los compañeros que habían muerto y el dolor de la derrota que obligaba a la patria a una espera, cuyos límites era imposible imaginarse en aquel instante.

Y recordar los minutos de adversidad es bueno, recordar los minutos en que las realidades presentes no eran más que sueños, es bueno, recordar la lucha, es bueno, recordar el sacrificio y el dolor que han costado las victorias, es bueno; es bueno porque nos enseña, es bueno porque nos dice que en el camino de los pueblos nada es fácil, nos enseña que los pueblos para conquistar aquellas cosas que anhelan tienen que sacrificarse y tienen que luchar muy duramente, y que los pueblos no se pueden desanimar en la adversidad, y que los revolucionarios no se pueden desalentar en la adversidad, ni en los momentos difíciles, porque los pueblos que perseveran y los hombres que perseveran triunfan, los pueblos que luchan y los líderes que luchan, llevan adelante sus sueños; los pueblos que saben erguirse frente a los obstáculos marchan adelante; los pueblos que no se desaniman ni se acobardan ante el tamaño de las dificultades que tengan por delante, tienen derecho a la victoria, los pueblos que no tiemblan ante el adversario poderoso, los pueblos que no tiemblan ante el precio que tengan que pagar por su libertad, los pueblos que no tiemblan ante el precio que tengan que pagar por su dignidad, los pueblos que no tiemblan por el precio que tengan que pagar por la justicia, los pueblos que no tiemblan ante el precio que tengan que pagar por su felicidad, tienen derecho a la felicidad, tienen derecho a la victoria, tienen derecho a la libertad, tienen derecho al progreso, tienen derecho a la dignidad.

Y nuestro pueblo es uno de esos pueblos que no tembló nunca ante el sacrificio, es uno de esos pueblos que no tembló nunca ante el precio que le obligasen a pagar por su dignidad y por su libertad; un pueblo que no tembló ni temblará nunca ante el precio que tenga que pagar por su felicidad.

¿Qué quiere nuestro pueblo?  Nuestro pueblo quiere esto, nuestro pueblo quiere, sencillamente, ser feliz.  Y quiere ser feliz al precio que cueste ser feliz. Y nuestro pueblo empezó a ser feliz desde el mismo minuto en que empezó a sentirse realmente libre.

En la conmemoración del VII Aniversario del Asalto al Cuartel del Moncada,en Las Mercedes, Sierra Maestra. Foto: Fidel Soldado de las Ideas/Archivo.

Para ser feliz un pueblo, no necesita siquiera haber alcanzado el fin propuesto; para que un pueblo empiece a sentirse feliz, basta con que comience a luchar por aquellas cosas que lo pueden hacer feliz. Un pueblo comienza a ser feliz desde el mismo momento en que comienza a luchar por algo, porque luchar por algo hace felices a los pueblos, como someterse sin lucha, renunciar a la lucha y al esfuerzo, hace desgraciados e infelices a los pueblos. No somos felices, solamente, porque hayamos alcanzado algo, sino porque estemos luchando para alcanzar algo.

Y es posible que las generaciones venideras vivan mucho mejor que nosotros, es posible que las generaciones venideras lleguen a disfrutar plenamente, mucho más plenamente que nosotros…

Quería decirles que nuestro pueblo comenzó a sentirse feliz desde el mismo momento en que empezó a luchar por algo. Esa aspiración claro que nos tiene que costar esfuerzos, nos tiene que costar sacrificios, pero no importa, nosotros sentimos la satisfacción de que estamos luchando por algo y para algo.

Fuerzas e intereses poderosos luchan por impedir que nosotros realicemos esas aspiraciones; pero no importa, nosotros nos sentimos felices de saber que luchamos y lucharemos contra esas fuerzas e intereses, por poderosos que sean, para conseguir lo que nosotros queremos.

¿Por qué se reúne aquí esta imponente multitud? ¿Por qué han bajado de la Sierra Maestra millares y decenas de millares de campesinos? ¿Por qué han venido desde la región occidental de Cuba cientos de miles de cubanos? ¿Por qué se ha desplazado hacia Oriente tan extraordinario número de ciudadanos?  ¿Por qué se ha podido reunir en descampado una multitud? Porque en una ciudad es lógico y explicable que pueda reunirse una multitud, pero que en un campo absolutamente despoblado se reúna una multitud como esta, quiere decir algo, quiere decir mucho.

Nuestro pueblo no se puede resignar a seguir viviendo como vivía ayer

Que un río humano se mueva en un torrente hacia este sitio; que decenas y decenas de miles de personas se hayan trasladado a este punto desde hace varios días, y que en la noche de ayer un número incalculable de ciudadanos estuviese durmiendo en los caminos, a las orillas de las carreteras y bajo los árboles; personas que tal vez nunca durmieron al aire libre, nunca durmieron bajo un árbol o a la orilla de un camino; personas que hasta incluso, quizás, consideraban la vida imposible en esas condiciones, y hasta se consideraban a sí mismos incapaces de pasar por esas pruebas, las hayan llevado a cabo como si hubiese sido actividad acostumbrada durante toda su vida, esto quiere decir algo; eso quiere decir…

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