He aquí al pueblo de mil batallas, al de historia enardecida, al incansable defensor de su justa verdad.

Helo aquí y no maltrecho, ni rendido, ni cansado. Cicatrices sí, siempre las habrá, porque para conquistar derechos hay que poner el pecho a las balas, y se resiente la piel, y hasta el alma, pero si se sobrevive, como lo hemos hecho nosotros, no hay poder sobre la tierra que apague el fulgor ina­gotable del andar digno por la vida cuando se sabe uno libre.

Con qué derecho puede alguien, fusta en mano, ordenar que nuestra rodilla caiga en tierra, conmovida por el miedo, la desidia, por los truenos que escupe a raudales el vano orgullo de quienes se autodenominan dueños del aire que respiramos, del cielo, hasta del sol, del suelo abonado con el sudor de los que nunca se rinden, de los perseverantes.

¿Acaso porque han levantado un muro podrido desde los cimientos, imaginan los señores de la prepotencia que dejaremos de tener la vista en alto, que por un instante siquiera nos cuestionaremos nuestros sueños?

De obstáculos está llena la historia y ninguno ha podido detenernos. Que lo cuenten los muros del Moncada, que se preciaron de haber resistido, que creyéndose victoriosos acunaron en sus entrañas la barbarie de la tortura, fueron testigos de la sed de sangre joven que padecían los sicarios y, sin embargo, la rueda de la Revolución pasó triunfante sobre aquella podredumbre y la enterró para siempre.

Un ser con el alma enferma de poder es capaz de muchas cosas, bien lo sabemos nosotros. Cuando la prepotencia echa raíces, crece de manera ilimitada, deforme. Los imperios los construye la prepotencia de muchos hombres, y la maquinaria que desatan vive luego por sí misma, y los seres humanos pasan a ser solo los medios para un fin.

El poder hace ingenuos a sus poseedores, lo suficiente como para creer que todos, tarde o temprano, cederán a sus presiones. Pero si en todo este tiempo no han entendido que a la Isla que parió mambises, que parió a la Generación del Centenario, que tomó a esos hijos de la mano y los vistió de verde olivo, nada puede rendirla, es porque el cáncer de la dominación se ha extendido tanto que son incapaces de pensar.

Henos aquí, sí. Así dijeron aquellos asaltantes, así decimos nosotros, así dirán nuestros hijos y todas las generaciones por venir. Henos aquí eternos rebeldes, impidiendo que el odio de los enemigos nos pueda empequeñecer. Porque así lo exige el andar de los revolucionarios en un mundo dividido y marcado por la inequidad, cada mañana es para nosotros la de la Santa Ana.

Con nuestros muertos –vivos– en el lado izquierdo de nuestros pechos, con la voluntad tatuada en la piel, con el empuje corriendo como sangre por las venas, con infinitos retos y claridad de la dureza de los tiempos que vivimos, mantenemos lo que ellos, los salvadores de Martí tuvieron siempre: seguridad de la justeza de la obra defendida, y convicción plena de que la victoria corresponde solo a los que nunca dejan de sacrificarse por ella.

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