La Dra. Anayansi Castellón estudia desde hace años temas relacionados con la ideología de la Revolución Cubana. Foto: Yunier Sifonte/Cubadebate.

Desde hace varios días la Revolución Cubana vive un nuevo capítulo en su larga historia de ataques para destruirla. Acostumbrada a las tensiones y a la mentira contra ella, ahora enfrenta un intento de manipular el espíritu crítico de un país y mostrarlo como punta de lanza.

En medio de un escenario matizado por las insuficiencias de la economía interna, las inhumanas presiones del bloqueo estadounidense y la pausa impuesta por la COVID-19, toma fuerza un discurso que incorpora, junto a los reclamos de un grupo de artistas y creadores honestos, símbolos atractivos y falacias encaminadas a tergiversar la realidad de la Isla.

¿Existe libertad de expresión dentro del Socialismo? ¿Qué función tienen el arte y el artista? Para la Doctora en Ciencias Filosóficas, Anayansi Castellón Jiménez, dedicada durante años a los estudios sobre la ideología de la Revolución Cubana y Jefa del Departamento de Filosofía en la Universidad Central “Marta Abreu” de Las Villas, responder esas interrogantes pasa por analizar el actual escenario desde el sólido corpus de la teoría marxista.

— ¿Cómo leer los acontecimientos de las últimas semanas?

— Un análisis general del escenario actual debe partir de una idea fundamental: este es un asunto esencialmente político. Muchas veces noto cómo algunas personas lo entienden solo como una cuestión individual, dado por circunstancias muy particulares, y creen que todo terminará si se cumplen un grupo de supuestas “reivindicaciones”. Creo que no es así y el examen debe hacerse con más profundidad.

Estamos hablando de posturas políticas. Ese es un elemento importante. Por tanto, es un tema de lucha de clases y de supervivencia del proyecto de la Revolución Cubana, que es un proyecto socialista. Ahí existe un primer elemento a tener en cuenta.

La segunda cuestión radica en las particularidades de nuestro país. Hay que preguntarse qué es Cuba, qué representa la Revolución y cómo ha sido sometida de manera permanente a un asedio de las fuerzas del imperialismo.

El tercer asunto tiene que ver con la construcción de una sociedad socialista que no es perfecta, pero que sí ha demostrado ser mejor que el mundo capitalista, porque garantiza mejores cuotas de justicia. En tal sentido, es una sociedad en formación permanente, con un grupo de errores —soluciones económicas, corrupción, burocracia o conducción de los procesos— en los cuales los revolucionarios debemos trabajar de forma permanente.

— A menudo se escucha el término “libertad de expresión”. ¿Qué preceptos le dan forma y, sobre todo, qué hacer con esa libertad?

— La libertad siempre estará coartada, en tanto sus límites están determinados por la clase en el poder. La idea de la libertad total, al igual que la de democracia, es una gran falacia. Usted siempre tiene cuotas de ella y límites para disfrutarla. Ahora bien, la libertad socialista es más libertad para mayor cantidad de personas, pero eso implica una responsabilidad respecto al resto de los ciudadanos y el cumplimiento de las normas sociales.

En un pequeño sector de Cuba a veces se nota una tendencia, propia del mundo globalizado, vinculada a un cierto espíritu pequeñoburgués. Se ve sobre todo en un grupo de personas que no están en condiciones de digerir o encontrar detrás de esas doctrinas su verdadera esencial. Porque la ideología que nos vende el capitalismo, la noción de su democracia mejor, su pluripartidismo y también su libertad de expresión, son falacias.

Es pura ideología, en el sentido marxista de verla como falsa conciencia. Se trata de “verdades” de una clase social que se intentan construir como verdad de muchas personas.

Por eso a veces uno ve reclamos inconsecuentes o que no tienen anclaje directo en nuestra realidad. No porque no tengamos libertad de expresión, sino porque nuestras formas de libertad son otras; no porque no tengamos democracia, sino porque nuestra democracia es distinta. Ese espíritu también flota en la plataforma sobre la que se levantan un grupo de “reivindicaciones”.

— También se habla mucho de Palabras a los intelectuales…

— Hay elementos descontextualizados y no leídos en su totalidad. La frase más conocida de ese discurso es “dentro de la Revolución todo; contra la Revolución nada”. Allí Fidel analiza cómo el artista es incluso más libre que en el Capitalismo, porque su arte deja de ser un objeto para el mercado. También establece cuáles son los límites de la libertad de expresión y de creación en el Socialismo, y dice que la única frontera es precisamente la vida de la Revolución.

Durante ese discurso Fidel habla de tres tipos de artistas o intelectuales. El revolucionario, convencido de que la Revolución y el Socialismo son los caminos. También menciona al que no apoya las ideas de la Revolución, pero que es honesto y no está comprado por nadie ni responde a intereses extranjeros.

Finalmente se refiere a los que no son revolucionarios, y además tampoco son honestos. Y justo ahí llega el “dentro de la Revolución todo; contra la Revolución nada”. Entonces, desde discurso se desprende que la Revolución tiene el deber de incluir y respetar tanto a los creadores revolucionarios como a los honestos. Ese sigue siendo hoy el límite de la libertad en Cuba, la supervivencia de la Revolución. Y es precisamente ese elemento uno de los que está en controversia por estos días.

— ¿Cuál es el papel del arte y del creador en el Socialismo?

— El arte es una forma de la conciencia social. En ese sentido, también significa reflejar la realidad a través de otros códigos, y tiene un fuerte componente de la crítica, pero también de la espiritualidad. En el Capitalismo el arte se produce de forma más individual. En el Socialismo, en cambio, en tanto la producción artística se masifica y la cultura llega a una mayor cantidad de personas, adquiere un carácter más social, una mayor responsabilidad.

El arte además se nutre esencialmente de la cultura universal. Marx lo esclarece fácilmente cuando dice que la historia no es más que el paso de una generación que se levanta sobre la otra, y recibe de la anterior todo el acervo cultural de la humanidad. Por tanto, es inconsecuente un arte o artista que no conoce su pasado cultural, y que es incapaz de apropiarse de él, en primer lugar para respetarlo, y luego para legitimar sus nuevas posturas culturales.

Ahora bien, este análisis va más allá. No es posible crear una plataforma política en Cuba si usted no respeta a la bandera cubana, que es parte de nuestra cultura. Pero además, usted no puede inventarse un modelo que intente encontrar en los Estados Unidos —nuestro enemigo histórico—, un asidero político y económico. Si usted hace eso, está diciendo que el cubano es incapaz de pensar por sí mismo.

Padres fundadores de la nacionalidad cubana, como José Agustín Caballero, Félix Varela o José de la Luz y Caballero, nos enseñaron que podemos resolver los problemas por nuestra cuenta. Cuba tiene la capacidad suficiente para articular un proyecto de sociedad original y de nadie más, pero eso es imposible mirando al norte. Entonces te das cuenta que quienes defienden una agenda de injerencia desconocen toda la historia del pensamiento cubano, todo su acervo cultural.

Anayansi Castellón: “al Socialismo le es dado el diálogo, porque es más democrático en tanto existe mayor justicia social”. Foto: Yunier Sifonte/Cubadebate.

— ¿Dónde quedan las fronteras entre el arte y la vulgaridad? ¿Quién legitima a un artista?

— La vulgaridad y la marginalidad nunca podrán ser arte, así como las ofensas tampoco. Cuba tiene excelentes muestras de dirigentes, sobre todo del sector obrero, que no eran grandes intelectuales ni poseían un profundo dominio teórico de las cosas, pero eran personas educadas, formados en el civismo necesario para relacionarse con el mundo.

Justamente ahí aparece el límite con la vulgaridad, en ese dominio de la cultura. Una persona que irrespeta a quienes lo rodean, que grite improperios o recurra a obscenidades, no es un artista.

A un artista lo legitima su obra de calidad, consecuente con sus ideas y su época. Nadie más. A los intelectuales de la República, claves en el movimiento de ideas que derivó en la búsqueda de una nueva sociedad, ¿quién los legitimaba sino su propia creación?

— El diálogo con aquellos intelectuales que no comprometen su obra con los enemigos de Cuba, ¿a dónde debería llevar?

— Debemos utilizarlo para sacar lecciones sobre el presente y aprovechar la visión crítica de los jóvenes e intelectuales honestos para fortalecer el país. Como mismo tenemos muchas cosas bien hechas y de las cuales estamos orgullosos, también existen elementos por mejorar. En eso debemos trabajar, sobre todo para evitar que su permanencia cree más dificultades, resquemores o alimente la falta de unidad. Ese es otro asunto esencial.

Como mismo sucede con la idea de pensar por nosotros mismos, el tema de la unidad transversaliza el pensamiento de la Revolución Cubana, desde 1868 hasta hoy. Esa unidad también incluye el diálogo con los jóvenes que tengan preocupaciones justas, y juntos enfrentar a quienes pretendan la manipulación y tener manejos inescrupulosos en los asuntos de la cultura u otros aspectos sociales.

Junto a ello, podríamos recordar a Antonio Gramsci cuando hablaba de la construcción de la hegemonía, esa capacidad de construir consensos desde el poder. Es una idea por fortalecer aun más. No podemos temer hablar de nuestros problemas para resolverlos en función del Socialismo. Como decía el propio Gramsci en uno de sus periódicos, la verdad siempre es revolucionaria.

Otro teórico indispensable para los tiempos actuales es el Che Guevara, porque si alguien abogó por la crítica oportuna dentro de la Revolución fue él. Y al Socialismo le es dado el diálogo, porque es más democrático en tanto existe mayor justicia social. Ese es el resumen, poner a conversar a quienes quieren mejorar Cuba. A los revolucionarios y quienes no compartan algunas de nuestras ideas, pero sean honestos. Justo como dijo Fidel.

— En el reciente debate entre varios creadores y autoridades de la cultura en el país, Alpidio Alonso decía que “Cuba debe ser un parlamento dentro de una trinchera”. ¿Esa es una de las claves?

— Es parte de la clave. Siempre hemos sido una trinchera y en ella hay que velar por el bien mayor: la independencia de Cuba. Nosotros comenzamos a ser país el primero de enero de 1959. Adquirimos forma en el mapa de la vida económica, política y cultural del mundo en esa fecha. Pero eso nos ha costado una lucha permanente.

El Socialismo no elimina de golpe la lucha de clases. Es un fenómeno presente. Debemos saber que es un sistema justo y en constante peligro, tanto por las fuerzas de dentro como las de afuera. Y el camino del éxito está en luchar contra nuestras imperfecciones y contra el enemigo externo que siempre nos acecha.

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