“…Hallaremos maneras de acrecer la multiplicidad y libertad real de nuestro arte y de hacerlo, en responsabilidad y grandeza, digno del momento que tenemos el privilegio de vivir.” Tamaño desafío –en palabras del poeta Roberto Fernández Retamar- el de ser útiles, desde la creación, a la obra transformadora revolucionaria. Las Memorias del Primer Congreso de Escritores y Artistas[1] refrendan –sin margen a distorsiones de contexto- el acompañamiento histórico de la vanguardia artística y literaria, al proceso sociopolítico iniciado en enero de 1959.

Para encauzar la crítica comprometida y la labor orientadora que suponía –e implica aún- hacer Patria desde la cultura, nació en agosto de 1961, la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (Uneac), 50 días después de aquel encuentro histórico con Fidel Castro en la Biblioteca Nacional.

Palabras a los Intelectuales –recuerda un testigo de aquel día, por entonces el joven escritor de 21 años Miguel Barnet Lanza-  “fue un gran diálogo de muchas tendencias”. Nacía con ello la política cultural del país, que acogió en su seno la heterogeneidad del arte del momento, conscientes todos de que la diversidad genera discusión, confrontación, que enriquecen la obra.

El etnólogo Miguel Barnet, presidente de la Uneac por más de una década.

Nicolás Guillén, Alejo Carpentier, Roberto Fernández Retamar, Pablo Armando Fernández, Fayad Jamís, Mirtha Aguirre, Alicia Alonso, Onelio Jorge Cardoso, José Lezama Lima, Juan Marinello, René Portocarrero, Raquel Revuelta, Argeliers León, Alfredo Guevara, Mariano Rodríguez, Rita Longa, Samuel Feijóo, Servando Cabrera, Leo Brouwer; tantos nombres, muchos otros: fundadores, artistas reconocidos por sus obras, con creaciones puestas al servicio de un proyecto de país socialista.

El etnólogo Miguel Barnet, presidente de la Uneac por más de una década, puede recordar momentos de debate intenso, de definiciones, de oscurantismo incluso. Los hubo, sí, tiempos en que “el pensamiento adoctrinado, burocrático y oportunista”, distorsionó la política cultural de la Revolución. “Años, más de un quinquenio; pero la Unión mantuvo abiertas las puertas a todas las tendencias estéticas. Polémicas sobre cine, literatura, teatro, arquitectura, encontraron espacio. Siempre desde el respeto a las ideas ajenas, en  discusiones fructíferas”.

“Estamos en el deber de discutir y encauzar la política cultural que impulsaron Fidel, y Armando Hart” -sentencia Barnet, y agrega- “una política cultural inclusiva, abierta y democrática, encaminada a escuchar al otro, a construir juntos.”

La Uneac es eso, resume el intelectual: “un foro de discusión y debate sobre los problemas de la creación y de la sociedad. El artista no puede ser un ente aislado, encerrado en una torre de marfil, tiene que ocuparse de la vida de su país. Antonio Gramsci lo definiría como intelectual orgánico.”

Para el actual Presidente de la Uneac, Luis Morlote Rivas, esa es precisamente la fortaleza de la Unión. “Los creadores aportan a la organización desde su propia experiencia; desde un ejercicio intelectual sistemático, en diálogo constante con las instituciones del país. Fidel nos enseñó que los espacios de la Uneac también son para pensar la sociedad, para aportar en la construcción de un país mejor; críticamente, pero desde el compromiso y la responsabilidad social.” –señala Morlote.

Durante décadas en la agenda de Uneac, no solo han estado las preocupaciones estéticas en torno a la creación. Los planes de estudio en nuestra educación, la enseñanza de la historia y la literatura, la formación de profesionales cultos capaces de discernir la verdadera cultura entre la avalancha pseudocultural que nos intenta imponer la poderosa industria del entretenimiento; la oferta cultural al turismo, la programación de los medios de comunicación; la lucha contra el racismo y por la igualdad de género; son algunas de las temáticas que han animado los Congresos, Consejos Nacionales y encuentros cotidianos de nuestros escritores y artistas, convocados por su organización. Un objetivo claro: aportar desde la creación artística  a la calidad de vida de nuestra gente, a la plenitud del ser humano.

El proceso preparatorio del noveno Congreso, amplio y profundamente participativo, llamó a la organización a mirarse por dentro, a encontrar formas diversas y actualizadas de mostrar la diversidad creativa del país; a multiplicar espacios para el arte. Como fortaleza: la confluencia generacional, la obra de creadores de distintas épocas; maestros y jóvenes en formación; todos proponiendo ideas, conceptos, pensando proyectos colectivos.

 “Toca a los miembros de la Uneac, primero que todo debatir, dialogar desde los espacios profundamente democráticos de la organización, cuestiones relacionadas con la creación –refiere Morlote–; pero también estamos llamados a participar en el diseño de las políticas culturales, en la búsqueda de soluciones a los problemas que tiene el sistema institucional de la cultura, relacionados con los creadores y su obra.”

Aun en medio de las carencias impuestas por el genocida bloqueo imperialista y por la COVID-19, que Cuba enfrenta de manera ejemplar, los escritores y artistas están llamados a seguir aportando con su arte al pueblo. En camino a sus seis décadas de fundada, la Uneac está empeñada, como les pidiera el Presidente Miguel Díaz-Canel Bermúdez en la clausura de su IX Congreso, a “librar una batalla irreconciliable contra la incultura y la indecencia”.

[1]Rodríguez Manso, Humberto (2008): 45 años después. Para una memoria de la Uneac. Ediciones Unión. La Habana, Cuba.

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