Dentro de la vasta cantera poética que ha sido Camagüey, de la que han emergido la Avellaneda, Guillén, Ballagas, Suardíaz…, una de las voces menos conocidas y más notables es la de Mariano Brull, cuyo aniversario 130 conmemoramos este 24 de febrero.

Poeta preciosista, en él “el ansia de evasión se orienta hacia el juego verbal, para desentrañar tesoros de la música de las palabras”, en opinión del crítico y erudito Max Henríquez Ureña.

Lo anterior se comprende mejor al leer estos versos suyos, “Verdehalago”, del cuaderno Poemas en menguante, de 1928; pletóricos de “malabarismos fonéticos”, como apunta Henríquez Ureña y comprobará el lector:

Por el verde, verde
verdería de verde mar
Rr con Rr.
Viernes, vírgula, virgen
enano verde
Verdularia cantárida
Rr con Rr
(…)
Vengo de mundo dolido
y en verdehalago me estoy.

Brull es uno de los creadores que utiliza con mayor gracia y elegancia, la jitanjáfora y otras voces de intrínseca musicalidad, inventadas o imaginadas, pues estuvo dotado de ingenio fértil, oído musical y agudeza literaria.

Además del citado Poemas en menguante, texto de madurez, Mariano Brull publicó otros libros: La casa del silencio, 1916; Canto redondo, de 1934; Solo de rosa, 1941, Tiempo en pena, de 1950, Nada más que…, 1954. Escribió poesía en francés, y si su producción no resulta más abundante, es porque lo animaba una gran responsabilidad poética, virtud que puede llevar a un excesivo rigor consigo mismo.

Escribió ensayos, uno de ellos inédito, titulado La poesía como experiencia secreta, dictó conferencias, tomó parte en los Congresos de Cooperación Intelectual y en las actividades culturales de la Unesco. Meritoria además es su labor como traductor del francés, en especial de Cementerio marino y La joven Parca, dos composiciones muy difundidas de Paul Valery.

Quienes lo conocieron lo describen como portador de una personalidad finísima y sentido del humor. Del anecdotario suyo se recuerda que en una fiesta invitó a una amiga a emborracharse con limonada en vez de con ron (él era abstemio). “Lo mismo da una cosa que otra”, decía, “lo importante es alegrarse”, e igualmente se cuenta que le gustaba una casa o no en dependencia de que tuviese “buenos duendes” o “malos duendes”.

Nacido el 24 de febrero de 1891, la biografía de Brull incluye en su niñez un viaje a España, de donde regresó adolescente para hacer los estudios de segunda enseñanza en Cuba e iniciar la publicación de sus primeras composiciones en revistas de su ciudad natal. Los estudios de Derecho los cursó en la Universidad de La Habana y una vez graduado ejerció la carrera por varios años. En 1917 se le designó para ocupar plaza en la legación cubana en Washington y en adelante el servicio diplomático lo llevó hasta Lima, Bruselas, Madrid, París, Berna, Roma, Canadá y Uruguay, periplo envidiable si de acopiar experiencias y conocimientos se trata, que le facilitó ampliar el espectro de las imágenes visuales y facultades intelectuales.

Las páginas de El FígaroGaceta del CaribeEspuela de PlataClavileño, Orígenes, recogieron sus colaboraciones y fue de los autores que se movieron e insertaron en el círculo del Grupo Orígenes, que tuvo como centro a José Lezama Lima. Murió en La Habana a los 65 años, el 8 de junio de 1956.

Aunque hoy día poco recordado, Mariano Brull se constituyó en uno de los intelectuales cuyo prestigio nacional e internacional se hizo sentir en la cultura cubana de la primera mitad del siglo XX.

(Tomado de Cubaliteraria)

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