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Un suceso de la vida y 16 mil granitos de arroz

El Técnico del arroz, Evelio Murga, rememora cómo en su juventud el Comandante lo “puso” a contar una libra del cereal, grano a grano.

Por José Lázaro Peña Herrera.Estuduante de Periodismo

Pareciera que, dada la ocasión, Evelio Murga recurriera siempre a la misma estrategia: dejarse caer pesadamente en una silla del comedor de su casa y acolchonarse en ella. Pareciera y solo eso, porque la historia que este hombre tiene para contar no la recuerda nadie y, a ratos, hasta él la olvida.

Antes de acceder a ser entrevistado, Murga pasa con holgura la mano izquierda por sus labios: no la derecha porque no es la del corazón, y lo otro porque para hablar de Fidel hay que limpiarse la boca primero.

Con la añoranza debida y el esfuerzo propio de los años, Evelio rememora la época en la que trabajó, mano a mano, con el hombre que siempre deseó conocer, no sin antes introducir el meollo del asunto con un poco de la historia de su vida.

«Para 1959 yo era un guajirito de 19 años con ansias de triunfar. Si no hubiera sido por la Revolución, hoy seguiría siendo analfabeto, pero me dio segundo, sexto y octavo grados y luego me hizo Técnico del arroz y me mandó para Italia. Para agradecer tanta benevolencia, siempre soñé con ver a Fidel y decirle personalmente “Gracias por todo, Comandante”, pero en aquel entonces ¿qué iba a saber yo lo que me deparaba el futuro?

Cuando regresó de Europa, Evelio fue enviado a Niña Bonita, el complejo técnico donde se comenzó a experimentar con las variedades de arroz existentes para hallar otras nuevas y más productivas. Allí, dice, tuvo la oportunidad de agradecer, saludar y hasta abrazar no una, sino mil veces a Fidel.

«Caía como del cielo y nos sorprendía en plena faena. Iba a diario: primero pasaba por donde Ubre Blanca (la famosa vaca de los 40 litros de leche) y luego veía a sus hijitos, como cariñosamente llamaba a las maticas de arroz. En esa gracia, lo tuve casi dos años a mi lado. ¡Qué tiempos! Imagina su confianza en el proyecto, que al regresar de un viaje a otro país o de una gira de provincia, primero les echaba un ojo a los cultivos y después llegaba a casa. En más de una ocasión lo sorprendí de madrugada, campo abierto, con una linterna en la mano.»

Pero los mayores logros fueron en la Estación Experimental La Coca. Allí se obtuvieron las variedades de arroz esperadas. Una de ellas, la mejor, fue bautizada con el nombre de la institución.

Fue también en ese lugar donde ocurrió el suceso

«Él no preguntó directamente, pero tuve que asumir. Yo era el técnico.»

Ese día, Fidel estaba más interesado que nunca en los nuevos granos. «Cuando abrió la boca, no pensamos que nos iba a coger con una mano alante y la otra atrás, porque nosotros hacíamos cada trabajo genético que le roncaba el tarro. Sin embargo, nos partió el bacalao al medio.»

Hoy Murga se burla del suceso, pero en aquella sala nadie se atrevió a asomar ni la más ligera sonrisa cuando el Jefe dijo:

— Pero yo tengo una duda. ¿Cuántos granos tiene una libra?

Que Fidel formulara una pregunta sin respuesta era algo inconcebible. «Todos nos miramos perplejos. Recuerdo que lo primero que me pasó por la cabeza fue: “Dios mío, este hombre está loco”, mas una vez recapacité, me di cuenta de que él solo pedía preparación. Aun así, la interrogante estaba abierta.»

— Eso depende del tamaño del grano… Deben ser miles.

— ¿Y el coca, por ejemplo?

— Bueno, Comandante, yo… no tengo idea.

«Y se fue con tremenda cara de inconformidad. Al final tuve que contarlos tres veces para saber cuántos eran. No recuerdo con exactitud, pero anoté 16 mil y pico. Alabao, me tuvo un día entero contando»

De la entrevista hace ya algunos días y probablemente Evelio Murga todavía esté riendo. «Eso quedó en aquellos tiempos. Si hubiera sabido que casi 50 años después alguien vendría a pedirme esta historia, la hubiera guardado en un papelito en mi cartera. Y yo que pensé que después de eso solo iba a vivir 30 años.»