¿Quién fue el primer propietario de este auto Cadillac 1956, con amplio espacio para los pasajeros de su asiento trasero? Todo en la carrocería parece original, pero seguramente no todo lo es en su motor. De cualquier manera, luce como nuevo. El tiempo, sin embargo, no se ha detenido, que nadie se confunda. Esta no es la Cuba de 1956. Los almendrones son un símbolo de la resistencia del pueblo cubano. En su interior, hoy no viajan personajes famosos o millonarios ajenos al sufrimiento popular, sino pacientes de alta médica que padecieron la COVID–19 y médicos que la combaten, en el municipio de Colón, Matanzas. Sobre el parabrisas delantero han colocado una pegatina provisional que anuncia su inesperada función social: Ambulancia. El chofer es uno de los que accedieron a trabajar con el Gobierno provincial para enfrentar la pandemia. «La Unidad de Tráfico Estatal –que es la que nos rectorea a nosotros como trabajadores por cuenta propia- hizo una convocatoria a los choferes y a los carros que estuvieran disponibles, para que en un momento determinado apoyáramos a la Dirección de Salud Pública –me explica junto a su camioneta Robnay González Izquierdo de 38 años, otro de los choferes, y añade-; yo lo estaba, tenía mi carro en buenas condiciones y le estaba haciendo cosas para mejorar, y dije que sí. Entonces, me llamaron. Oye dale, que hicimos la selección de carros, vamos para Matanzas para el abanderamiento de la brigada de transportistas privados que va a apoyar el enfrentamiento a la COVID, porque el epicentro de la epidemia está en Matanzas. Allí le pusieron la pegatina a los carros, y de ahí fuimos a un acto con el viceministro de transporte, que nos abanderó. Fuimos siete carros de Colón. Pero allí se reunieron cuarenta y pico de carros, de Cárdenas, de Perico, de Martí, de todos lados».

Pero el Cadillac es imponente. Lo observo por fuera y por dentro. Toco en la casa donde vive su chofer. La puerta se abre, y una mujer joven con su bata blanca se despide de su pareja. Pregunto. No, el chofer es mi hermano, ahora le digo. ¿Y la doctora? Ah, es mi esposa. Ella es estomatóloga y está apoyando en un punto de vacunación. Sale Osmel Delgado, el chofer. Me presento. Tiene 29 años, y lleva al menos diez como botero. Pero el carro, dice, es de su padre. Este se asoma curioso en cuanto el hijo lo menciona. Está operado de las cuerdas vocales y no puede hablar. Pero le brillan los ojos. La madre también sale, amorosa. «Lo mío son las altas médicas, buscar los medicamentos, los guantes y esas cosas y llevar al médico a un lugar y al otro», afirma Osmel, que no es muy hablador. «En ningún momento nos exponemos –me había ratificado Robney-. Para eso están las guaguas y las ambulancias de los policlínicos y los hospitales. Ese personal sí tiene protección. Tiene otras condiciones. Aquí lo que hacemos es trabajo administrativo. Y las altas por la tarde». Pero agrega, para que no haya confusión: «Si en un momento determinado se diera una situación, en este centro de aislamiento que es pediátrico, si un niño, por ejemplo, presenta una urgencia, no hay que esperar por otro transporte, también lo llevo, ¿por qué no?»

Roberto Agustín Alemán Hernández tiene 58 años de edad y más de 20 boteando. Su carro es un Dodge Coronet de 1954. Trabajó durante dos meses de forma gratuita (se pagaba incluso el combustible) en los puntos de vacunación. Ahora forma parte de la brigada de ambulancias privadas que ha sido contratada por la dirección de salud pública en el municipio de Colón. «Mi hijo lleva un paquete de tiempo en eso, dándole su aporte voluntario al centro de aislamiento de la Universidad de Matanzas, en la zona roja, ya va para doce veces que se interna, ¿cómo yo no me voy a ofrecer? Él es profesor de Matemática. Dijo que quería apoyar y ahí está apoyando, como todos nosotros». Entonces con voz y ojos limpios me dijo: «Somos revolucionarios, ¿no?». Alguien alguna vez sugirió que la presencia de carros norteamericanos de la primera mitad del siglo XX en las calles del país, evidenciaba la parálisis del tiempo. Pero ni los motores son los mismos, ni los choferes y las personas que transportan lo son. Estos hombres lo demuestran día a día, aunque todavía algún observador externo aspire (inútilmente) a ser el millonario que antaño se paseaba en su auto de lujo por los campos y ciudades de Cuba, con su traje de dril blanco y sus zapatos de dos tonos, de espaldas al sufrimiento y a las necesidades del pueblo.

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