Jarahueca supo desde aquel 20 de Septiembre de MIL 961 que le nacía una hija echa talento. Y aunque la vida caprichosa no le dio tiempo para más, su melodía de guitarra y su amor por aquel apartado sitio dejó escrito en mayúsculas el nombre de Ada Elba Pérez.
La joven destacó de manera muy particular en la literatura para niños, firmando para la posteridad títulos como “El cangrejo Alejo”, “Ana la campana”, “El trencito y la hormiga”, “El señor Arcoíris” y “El vendedor de asombros”…
Ada Elba tocaba a la perfección la guitarra, conocía el piano, y cantaba con muy buen gusto…
Víctima de un fatídico accidente de tránsito, el 14 de julio de 1992 partió hacia la eternidad esta alegre muchacha cuando aún no había cumplido los 31 años de edad. La cultura insular se enluteció. Fue llorada por las almas sensibles de todos los rincones de la nación y más allá de sus fronteras. Infinidad de proyectos e ideas creadoras dejó sin concluir en tiempos en que su fértil e inagotable caudal intelectual ya hacía historia. Post-morten recibió el Premio Especial Abril por el conjunto de su obra artística y la Orden Raúl Gómez García.
Su sensibilidad creadora la hizo una figura afín a las inquietudes artísticas de poetas, pintores, intérpretes musicales, narradores y un pueblo que la respeta y la quiere.
De su devoción poética se escuchan aun aquellas palabras que hoy elegimos para el homenaje a la espirituana, hija de Jarahueca hija de la cultura cubana: La poesía es el cañón de la ternura. En sus rincones anidan las estrellas y los actos cotidianos. Pero el poeta debe serlo, en primer lugar, en la vida misma. Creo poeta a todo ser que reconoce el privilegio de vivir y siente, por tanto, la deuda de pagar el aire que respira.

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