Ariel, el abrazo con Fidel y el compromiso de un médico cubano
Cuando en aquella noche de septiembre de 2005 los integrantes de la primera brigada médica cubana que partiría hacia Pakistán para asistir a los damnificados del terremoto que acababa de ocurrir en aquel país asiático, llegaban al Palacio de las Convenciones para un encuentro con el Comandante en Jefe Fidel Castro, el hoy neurocirujano del Hospital Provincial Camilo Cienfuegos, Ariel Álvarez Rodríguez, asistía, sin saberlo, a uno de los momentos más trascendentales de su vida.
Fidel saluda uno por uno a mis compañeros y cuando tocaba mi turno, pregunta, quién es él, tan joven, refiriéndose a mí, rememora el galeno, y le responden que estoy allí por mis méritos, el mejor graduado de mi año y es entonces cuando me dice, si es así, ven, déjame darte un abrazo, y me apretó contra su pecho.
La emoción era indescriptible y se multiplicó minutos más tarde, cuando protagoniza con todos los miembros de la Brigada una conversación desde las nueve de la noche hasta las seis de la mañana del otro día.
Durante todo este tiempo, revela Ariel, nos habló de sentido de urgencia humanitaria que estaba viviendo Pakistán por el terremoto y más allá de un acto protocolario, fue una sesión intensiva de trabajo y compromiso moral.
Fidel no solo despedía la primera brigada del contingente Henry Reeve que había creado días antes; revisaba detalles logísticos, se aseguraba del equipamiento médico frente al invierno extremo del Himalaya y explicaba el propósito de la misión, y significó comprendiéramos que viajábamos NO solo como clínicos, sino como embajadores de la solidaridad en condiciones extremas.
Era como el padre regalando consejos a los hijos que van a partir a una tarea bien complicada, por el escenario y por la propia labor a desarrollar, de la cual dependía la vida de muchas personas, toda una lección de sensibilidad, humanismo y compromiso que traspasa cualquier historia o anécdota contada y solo es realidad infinita cuando lo vives, aclara con verbo tranquilo pero preciso.
Hasta nos regaló la primicia de la Revolución Energética que viviría Cuba poco después, recuerda el neurocirujano.
Atrás quedaban jornadas inolvidables, iniciadas con la convocatoria, en agosto de 2005, para conformar el grupo de médicos cubanos que estaba previsto partieran hacia Estados Unidos, a prestar ayuda médica a los damnificados del huracán Katrina, posibilidad negada por el gobierno norteamericano.
Pero los galenos se mantuvieron en la capital cubana, se crea el contingente médico Henry Reeve y las inundaciones intensas en Guatemala y el terremoto de Pakistán, ocurridos casi al unísono, movilizan al grupo de profesionales, unos para el país latinoamericano y el otro para el país asiático, a donde viaja el recién graduado Ariel Álvarez Rodríguez.
Desayunamos con Fidel y de ahí salimos directo al aeropuerto y en ese instante mil pensamientos e ideas cruzaban por mi mente, pero siempre con la convicción firme de cumplir la misión, que también ponía sobre nuestros hombros la honrosa tarea de lograr establecer las relaciones diplomáticas entre los dos países.
Relata el hoy jefe de los servicios de neurocirugía del Hospital Provincial espirituano que acabado de llegar a Pakistán un primer suceso lo impresionó de manera significativa, un niño de apenas seis meses que había perdido un brazo, algo impresionante para un recién graduado.
Desde el primer momento me vinculé al equipo de ortopedia, en un quehacer intenso debido a los traumas físicos dejados en las personas por el terremoto; poco después paso a ser responsable de la sala de quemados y en esa área recibimos a un niño de apenas tres años de edad, con quemaduras muy graves, la familia no tenía dinero para asumir los gastos hospitalarios y fue entonces que tomamos una conducta contraria a la establecida por la administración del Hospital, asumimos nuestra responsabilidad como galenos, batallamos por salvarle la vida con todo.
El pequeño no sobrevivió, pero nunca le falto la asistencia médica de los cubanos, reflexiona.
Pakistán fue una misión complicada en todos los sentidos, pero cumplimos, salvamos muchas vidas y la valía de la medicina cubana quedó prendida allí, tanto, que poco después entre ese país y Cuba se restablecieron las relaciones diplomáticas, un suceso donde el trabajo de la brigada médica fue vital.
Su mirada busca en la distancia, su memoria se activa y el verbo de Ariel revela destellos inolvidables de su estancia en Pakistan.
Me caló hondo, en visita a dos ciudades pakistaníes, la referencia y los conocimientos que tenían del Ché, incluido personas que habían compartido con el guerrillero heroico y mantenían vivo cada instante.
Nunca olvidaré la despedida, después de concluida la misión, las muestras de agradecimiento de todos los profesionales y trabajadores de la salud de los hospitales y centros donde laboramos los cubanos, en el momento de trasladarnos a la capital para volar desde allí a Cuba. Fuimos el primer grupo en llegar a Pakistán y el primero en regresar a la isla.
Y en el aeropuerto, al ver el avión de Cubana, con la bandera nuestra, la emoción se multiplica. Poco después del retorno, cuando se desarrollaba en Cuba la XIV Cumbre de Países No alineados, en el 2006, llegó lo que para mí significa una muestra mayor de gratitud del gobierno pakistaní hacia la medicina cubana y para los médicos que allí laboramos, ser condecorado por el presidente de Pakistán y por Raúl Castro con la medalla Tamgha-e-Eissar.
El compromiso implícito en aquel abrazo, de aquella noche de septiembre de 2005, en el Palacio de las Convenciones fue un desafío que cumplimos bien, a pesar de la juventud y en ese momento comprendí, que ser miembro fundador de la brigada Henry Reeve no sólo era un título o un nombre, se convertía en un honor y el compromiso de sentar las bases de un paradigma mundial de medicina de desastres.
Texto y fotos Oscar Alfonso Sosa